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Resumen La guerra de los mundos


La guerra de los mundos es un libro escrito por H.G. Wells en 1898, la historia trata sobre el ataque que realizan los marcianos a la tierra. Los marcianos son unos seres despreciables que no tienen respeto por ninguna forma de vida, solo buscan su supervivencia a costa de los demás (cualquier parecido con los seres humanos NO es coincidencia).

La guerra de los mundos es una historia de ciencia ficción muy fácil de leer, te recomiendo que leas el libro completo, pero si no tienes tiempo o te cansa el vocabulario de la época, entonces lee este resumen de la guerra de los mundos.

Resumen La guerra de los mundos

Adaptación Tania Ruiz

La guerra de los mundos

 

resumen la guerra de los mundos

 

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La víspera de la guerra

A finales del siglo XIX, nos sentíamos seguros en nuestro planeta, nadie imaginaba que existía vida inteligente en otros mundos ni que seres extraterrestres preparaban sus planes de conquista.

Muy pocos hombres sabían que Marte posee aire, agua y todo lo necesario para la vida, pero ni ellos imaginaban que el planeta rojo estaba habitado por seres fríos e impiadosos de elevada inteligencia que nos estudiaban como si fuerámos microbios en una gota de agua.

La vida es una incesante lucha por la supervivencia, Marte estaba llegando a su fin porque el enfriamiento era un proceso avanzado y el agua se acababa, así que los marcianos vieron en la Tierra el lugar perfecto para escapar de la inevitable extinción.

Se detectaron explosiones incandescentes inusuales en el planeta rojo, pero nada de esto salió en los periódicos. Yo me enteré gracias a Ogilvy, el famoso astrónomo, quien me invitó a su observatorio. Acepté gustoso y esa noche vi la claridad rojiza que encendió la periferia del planeta. Ogilvy creía que el fenómeno se debía a una lluvia de meteoritos o a una extraña actividad volcánica y se emocionó al descubrir que el haz del estallido se dirigía a la Tierra.

La estrella fugaz

El primer meteoro que impactó en nuestro planeta atravesó el cielo dejando a su paso una línea de fuego. Ogilvy vió la caída y en las primeras horas de la mañana fue al campo para buscar la roca.

El brutal impacto del proyectil abrió una fosa de grandes dimensiones, la masa de arena y los guijarros estaban en todas direcciones y el campo del lado Este era presa de un incendio. Dentro del foso había un cuerpo enorme de un color insólito y en forma de cilindro. El bosque estaba en silencio no se oían ni los cantos matutinos de los pájaros, de pronto un trozo del cilindro se separó del resto produciendo un ruido metálico que asustó al científico. Pensó que el ruido se debía al enfriamento gradual del objeto, se acercó con cautela al foso y vio que el extremo circular giraba con lentitud sobre la superficie.

-¡Cielos! Dentro hay hombres ¡Y estarán semiquemados por el calor del que intentan escapar!-exclamó sobresaltado y se acercó para ayudar a abrir esa tapa, pero la radiación lo detuvo antes de dañar sus manos con el metal incandescente.

Ogilvy corrió en busca de Henderson, un periodista, y le contó lo sucedido. Ambos caminaron hacia el campo, cuando llegaron al cilindro los ruidos habían cesado, pero había un espacio entre la tapa y el cuerpo. Dieron unos golpes con un bastón sobre la pared, al no recibir respuesta pensaron que los hombres que se encontraban en el interior estaban desmayados. Como no podían hacer nada, pues el metal aún estaba muy caliente, gritaron frases de consuelo y promesas de ayuda antes de regresar a la ciudad. Lo primero que hizo Henderson fue telegrafiar la noticia a Londres.

En el parque de Horsel

Fui a la campiña después de que el muchacho que me vendió el periódico me hablara de “los hombres muertos de Marte”, cuando llegué me encontré con unas veinte personas que observaban el foso y el cilindro. Henderson y Ogilvy no estaban allí. La mayor parte de la gente veía la tapa pacíficamente, pero unos chicos se divertían arrojando piedras contra el cilindro hasta que lo impedí. Observé el objeto y me di cuenta que el metal tenía una tonalidad desconocida en la tierra, dejé vagar mi imaginación y pensé en la posibilidad de hallar un manuscrito oculto en el interior. Estaba impaciente por ver lo que contenía, pero regresé a casa a las once pensando en que no sucedería nada más. Los periódicos vespertinos publicaron la noticia de un mensaje proveniente de Marte y una gran cantidad de personas llegaron a la campiña. Cuando regresé, Henderson, Ogilvy y un hombre rubio dirigían a media docena de personas que estaban desenterrando el cilindro ya frío.

El cilindro se abre

Un muchacho corrió hacia mí y me dijo al pasar – se mueve…! ¡eso se abre…! se destornilla por si mismo…! yo me voy…, me voy por si acaso…

Seguí mi camino, abriéndome paso a codazos para pasar entre la gente, todos estaban exaltados.

– Ayúdenos a mantener a distancia a estos imbéciles -gritó Ogilvy-. No sabemos que pueda contener esta maldita cosa.

El extremo del cilindro continuaba destornillándose, la tapa se abrió y surgió algo que se desplazaba en la sombra con movimientos torpes y dubitativos, pudimos ver un par de discos luminosos en lugar de ojos. Luego, algo semejante a una diminuta serpiente gris, del grosor de un bastón, salió, retorciéndose en el aire a mi lado, y a este tentáculo siguió otro, y otro…

Me estremecí, detrás de mi una mujer lanzó un grito histérico. Dos nuevos tentáculos surgieron del cilindro y el lugar se llenó de gritos, la muchedumbre retrocedía aterrada. Me quedé solo con los ojos fijos en el foso. Una masa redonda de color grisáceo del tamaño de un oso salía torpemente del cilindro. Dos ojos enormes me miraban con fijeza, bajo ellos había una boca en forma de “V” con un labio superior puntiagudo que temblaba sin cesar. Respiraba con dificultad y sus desplazamientos eran muy torpes, era algo nauseabundo.

El terror dejó de paralizarme giré y corrí hacia los árboles para esconderme tras unas zarzas.

El rayo ardiente

Estaba aterrado, pero tenía curiosidad por saber qué ocurría en el foso así que me coloqué detrás de un montículo de arena para observar mejor a los visitantes. Las demás personas hicieron lo mismo y durante un momento no hubo movimiento alguno pues todos permanecíamos ocultos. La calma de la noche cayó y la gente recobró su coraje. Grupos de a dos y tres avanzaban hacia el cilindro lentamente. Yo hice lo mismo. A unos treinta metros del foso un pequeño grupo, encabezado por Ogilvy y Henderson, que llevaba una bandera blanca, buscaban entablar comunicación con los marcianos. De improviso un intenso haz de luz surgió del foso acompañado de tres fogonazos y de un humo verde. La delegación se detuvo, el haz invisible impactó en ellos produciendo una blanca llama que los quemó en el acto.

Me quedé paralizado mientras la espada llameante describía una curva, trazando la muerte a su alrededor. Todo sucedió con rapidez, oí el sonido del fuego extendiéndose por los árboles. Me salvé porque el rayo se detuvo antes de llegar a mi. Estaba solo y corrí hacia mi casa llorando en silencio. Sentí que jugaban conmigo y que el rayo asomaría su cabeza para aniquilarme en cualquier momento.

Cómo llegué a casa

No recuerdo detalle alguno de mi escape, llegué a la ciudad donde la vida continuaba ajena a los sucesos de la campiña. Mi esposa se asustó al verme, le relaté todo.

  • Hay algo que me reconforta – dije, después de un momento de silencio-, y es que son las criaturas más torpes que haya visto. Pueden moverse en el foso y matar a quien se acerque, pero no lograrán salir de él… ¡De todos modos, qué horribles seres!

Mi esposa se puso pálida

– No te preocupes, estamos a salvo, los marcianos no pueden moverse en la Tierra porque su cuerpo es muy pesado con esta gravedad, Ogilvy me explicó que la atracción gravitatoria de nuestro planeta es tres veces más fuerte que en Marte, esto significa que los marcianos pesan tres veces más de lo que pesan en su planeta. Son estúpidos, bastará con disparar una granada en el interior del pozo para acabar con ellos.

Comí con gran apetito, recuerdo que el sabor de las nueces se mezclaba con el sabor del cigarrillo, esa fue mi última comida civilizada antes de la guerra.

Viernes por la noche

En la campiña ardían algunas construcciones, los pobladores de las casas cercanas velaron hasta el amanecer, pero para los demás habitantes era como si los marcianos no existieran y seguían con su vida normal sin preocuparse por la actividad que se desarrollaba dentro del foso.

A las once llegó el batallón de Infantería, poco después de la medianoche la multitud reunida en el camino vio caer una brillante estrella sobre un bosque de pinos. ¡El segundo cilindro había tocado tierra!

Comienza la lucha

El sábado las tropas rodearon el foso aguardando la llegada de los cañones. Caminé hacia la campiña y hablé con los soldados que resguardaban el camino, como ellos no habían visto a los marcianos escucharon con atención lo que les conté sobre lo ocurrido la noche anterior. Ningún soldado sabía cuál sería el plan de ataque, unos opinaban que se debían hacer trincheras, otros que lo mejor era atacar de inmediato con obuses y cañones. Las personas se sentían seguras con la presencia de los militares. De la fosa salían sonidos de martilleo y una extensa cortina de humo que hacía suponer, con casi total certeza, que los marcianos se preparaban para la inminente batalla.

Regresé a casa, a las seis de la tarde, cuando tomaba el té con mi esposa, escuchamos un violento y sonoro estrépito, corrí al jardín y vi las copas de los árboles envueltas en llamas y humo y el campanario de la capilla que se desplomaba a tierra.

Mi esposa y yo quedamos paralizados, comprendí que estábamos al alcance de los marcianos – Es peligroso permanecer aquí – le dije.

-¿Pero dónde nos refugiaremos? – preguntó presa del terror

-Con mis primos en Leatherhead, voy a buscar un coche.

Salí corriendo al hotel “Perro Manchado”, sabía que el hotelero tenía un carro y logré que me lo rentara por dos libras y la promesa de devolverlo al anochecer. Volví a casa por mi esposa, los marcianos salían del pozo y todos los habitantes de la campiña buscaban salvar su vida, la carretera era un hervidero de gente que corría tras nosotros. Se escuchó otro disparo: los marcianos devastaban todo lo que quedaba al alcance del mortífero rayo.

En la tormenta

Llegamos con mis primos a las nueve de la noche, después de los primeros cañonazos todo había quedado en silencio. Le aseguré a mi mujer que todo estaría bien, a las once inicié el viaje de regreso, unas nubes de tormenta amenazaban el camino tenía que entregar el caballo así que apresuré la marcha. A la medianoche vi un haz de llamaradas verdes que desgarraban las nubes ¡era el tercer proyectil que caía!

En el cielo estalló el primer relámpago y el retumbo del trueno pasó sobre mi cabeza. El caballo se encabritó y corrió a gran velocidad por la pendiente. Mantuve mi vista fija en el camino, pero me llamó la atención un objeto enorme que venía en la dirección en la que me encontraba, era un trípode gigante que pasaba por los árboles aplastándolos en su marcha. La construcción de metal brillante avanzaba con terrible ímpetu; un manojo de cables de acero articulados, colgaban a los lados y el ruidoso sonido de su marcha se mezclaba con los estruendos de la tempestad.

Un segundo trípode apareció, el caballo enfilaba directo a su encuentro, tiré de las riendas para que se desviara a la derecha, pero el coche voló sobre la pobre bestia y las varas se quebraron arrojándome en una zanja con agua. Salí de allí y me refugié tras la maleza. El caballo estaba inmóvil, con el espinazo partido. La colosal maquinaria pasó junto a mí dando grandes zancadas para subir la colina rumbo a Pyrford. Sus pasos eran calculados, tenía una especie de sombrero de bronce en lo alto que se movía en todas direcciones como si fuera una cabeza que observa lo que sucede a su alrededor. En pocos pasos cubrieron una gran distancia y desaparecieron de mi vista al inclinarse sobre un objeto que, después supe, habían lanzado desde Marte.

Me quedé bajo la lluvia unos minutos antes de continuar mi camino hacia la casa, la tormenta era violenta y apenas me dejaba avanzar, en lo alto de la colina tropecé contra una masa blanda, la luz de un relámpago me permitió ver el cadáver del hotelero. Llegué a casa y cerré la puerta con doble llave, me senté al pie de la escalera temblando de frío.

Mirando desde la ventana

Me serví un whisky, mi pequeño mundo estaba destruido y las tres enormes siluetas eran las responsables. ¿Sería posible que hubiera un marciano en el interior de esas monstuosas máquinas? Mientras imaginaba una comparación entre esas cosa y nuestras máquinas, oí un ligero ruido que se debía a la presencia de un hombre escalando la tapia.

  • ¡Pssst! -dije del modo más suave que pude

  • ¿Quién anda ahí? -preguntó, erguido bajo la ventana mientra miraba hacia arriba.

  • ¿Adónde va? -pregunté

  • ¡Ni yo lo sé! -respondió

  • ¿Quiere ocultarse?

  • Naturalmente

  • Entre aquí, entonces -. Bajé y le abrí -¿qué ha sucedido? -pregunté

  • Lo más horrible, barrieron con nosotros de un solo golpe. Todos quedaron quemados, y el olor ¡dios mío! Carne humana y de caballo chamuscada. Quedé aplastado bajo el peso de un caballo y por eso me salvé.

El soldado me explicó que en cuestión de minutos todo había sido arrasado, escapó ocultándose entre los escombros, no comía desde mediodía. Encontré pan y carne y comimos con las luces apagadas para no llamar la atención de los marcianos. Al amanecer distinguí los restos calcinados de casas y árboles derribados, nunca en la historia de las guerras, hubo tan impiadosa y completa destrucción.

Lo que vi de la destrucción de Weybridge y Shepperton

Decidimos que la casa no era un sitio seguro, el soldado quería ir hacia Londres para reincorporarse a su batería y yo quería ir a Leatherhead para reunirme con mi esposa. El tercer cilindro se encontraba entre nosotros y Leatherhead así que partimos hacia el norte.

En el puente, del lado de Weybridge, había soldados levantando una barricada y preparando arcos y flechas para combatir a los marcianos, era evidente que no los habían visto. Llegamos al río Wey, cerca de donde se une con el Támesis. Se oyó el seco estampido de un cañonazo y comenzó la batalla en dirección de Chertsey que quedó reducido a cenizas cuando lo alcanzó el Rayo Ardiente. Vimos aparecer las máquinas marcianas que se dirigían hacia el río. La muchedumbre fue presa del terror. Entré al agua, pensando que sería una vía de escape, algunos hombres hicieron lo mismo, una barca colmada de personas por poco zozobra al intentar volver a la costa. Los marcianos no prestaban atención a la gente, como nosotros no prestamos atención a las hormigas que huyen después de que pisamos su hormiguero. Un minuto más tarde el marciano llegó a la mitad del río de un solo paso. Los cañones, disimulados en el extremo del pueblo, dispararon al unísono. El monstruo recibió los impactos en su cabeza y la capucha metálica estalló volando en fragmentos brillantes con trozos de una pulpa rojiza que debía ser carne.

La máquina decapitada siguió dando pasos, avanzó en línea recta sin control alguno hasta la iglesia de Shepperton, demoliéndola como lo haría una catapulta. La máquina cayó y el estuche del rayo quedó en el río. El agua entró en ebullición, hipnotizado por el suceso no sentí el intenso calor y me abrí paso entre las aguas tumultuosas hasta ver la estructura del marciano que atravesaba de extremo a extremo el ancho del río. Un abundante torrente de fluido color rojizo manaba de la máquina. Los otros marcianos avanzaban hacia su compañero.

Nadé por debajo del agua e intenté huir, la temperatura del río aumentaba segundo a segundo. Saqué la cabeza para respirar, el vapor no me dejaba ver a los marcianos solo oía un alboroto general de gritos, crujidos de casa, el crepitar del fuego y el estrépito de los extraterrestres. Avancé hasta la orilla, el pie de un marciano pasó a unos metros de mi cabeza, me quedé inmovil y vi la silueta de cuatro monstruos que transportaban los restos de su compañero.

Cómo me encontré al vicario

Los marcianos regresaron a su posición en el parque de Horsell, no tenían urgencia por derrotarnos pues cada cuatro horas recibían refuerzos del espacio. Los militares se desplegaban sin descanso aunque sus armas no hacían mucho daño a los enemigos. Seguí río abajo, pensé que si los gigantes aparecían me podría escapar por el agua. Me sentía enfermo y sediento, me quedé dormido y al despertar vi al sacerdote que desvariaba y hablaba en tono quejoso

-¿Por qué se permite esto? ¿qué pecados cometimos? El servicio de la mañana había concluido y yo caminaba para aclarar mis pensamientos, cuando sucedió la devastación. ¡Fuego! ¡Terremoto y muerte! Toda nuestra obra destruida ¿Qué hemos hecho?

-Los tiempos son así -le dije interrumpiéndolo- compórtese como un hombre, este es el momento más difícil de la lucha y los marcianos vendrán pronto por aqui, debemos ir hacia el norte.

En Londres

Cuando los marcianos atacaron, mi hermano estaba en Londres estudiando medicina, los periódicos del sábado hablaron de la nave llegada de Marte y mi hermano decidió ir a visitarme para ver a los especímenes de cerca, nunca pensó que nos encontrábamos en peligro. Se dirigió a la estación, donde le informaron que había ocurrido un accidente y que no habría tren esa noche.

Los periódicos del domingo publicaron que los habitantes de todo el distrito huían hacia Londres. Mi hermano se asustó con las nuevas noticias que eran cada vez más alarmantes, se comenzó a pensar que Londres peligraba. La gente huía a pie o en vehículos -¡El humo negro! -gritaban- ¡El humo negro! El terror era general. En un periodico relataban que los marcianos usaron cohetes para esparcir enormes nubes de oscuro vapor tóxico que destruía todo a su paso.

Lo que pasó en Surrey

Los marcianos cordinaron su ataque por medio de la emisión de silbidos como las sirenas de navíos que se escucharon hasta Halliford. Acabaron con los soldados sin esfuerzo, solo las tropas de St. Geroge´s lograron dañar la pata de uno de los trípodes, pero esto no detuvo al enemigo porque el marciano caído se salió de la coraza metálica y se puso a reparar la máquina dañada. A las nueve de la noche ya estaba en la lucha de nuevo.

Siete gigantes tomaron posiciones equidistantes y formaron una línea de varios kilómetros de extensión. Desde mi perspectiva, los marcianos dominaban la noche. Los cañones aguardaban pacientes, las luces se apagaron. Permanecí a la espera resguardado en un foso, el vicario estaba junto a mí. Las detonaciones retumbaron en el aire.

Street Cobham y Ditton recibieron el humo negro, un hombre se salvó de la asfixia porque estaba en lo alto de un campanario y relató que el humo se compactaba a nivel del suelo, por eso se podía sobrevivir a tan letal arma si se permanecía en un árbol alto o en los techos y pisos elevados de las casas. Los marcianos limpiaban los restos del humo con máquinas de vapor, nos exterminaban como a un avispero.

Mientras esta destrucción sucedía, el vicario y yo nos encontrábamos en la fosa, esperábamos oír los ruidos comunes de una batalla, pero después de las detonaciones primeras todo quedó en silencio. No pudimos resistir el impulso y salimos de nuestro escondite: vimos las lejanas nubes negras que significaban la destrucción.

La noche del domingo cesó la resistencia en contra de los marcianos y las autoridades de Londres advirtieron a los ciudadanos la necesidad de escapar de la ciudad.

El éxodo de los londinenses

Londres enloqueció, a las diez de la mañana la policía estaba desbordada, las personas buscaban un medio para salir de la ciudad, pero los trenes no funcionaban con normalidad y los saqueos a las tiendas comenzaron, hasta mi hermano tomó una bicicleta y escapó en ella. Tomó la decisión de dirigirse a Chelmsford, lugar donde vivían unos amigos, así que fue por senderos secundarios por los que casi no había gente. En su camino se encontró con algunas personas que huían hacia la dirección de la que él venía.

La valentía del hijo del trueno

Mi hermano continúo la marcha hacia el Este, decidido a llegar al mar. En la playa distinguió “El hijo del Trueno” único navío de guerra visible. Mi hermano consiguió subir a un pequeño barco de vapor junto con otros pasajeros que estaban dispuestos a dar todo su dinero para escapar del terror que se vivía en tierra. A las cinco se escuchó el estruendo de los cañones, el capitán zarpó asustado porque a lo lejos apareció una máquina marciana que avanzaba hacia la costa: esa fue la primera vez que mi hermano vio un marciano. El extraterrestre avanzó hacia las embarcaciones que emprendían la huída. Dos marcianos más entraron en el mar. El vapor avanzaba a toda velocidad, pero los marcianos eran más rápidos. Mi hermano observaba fascinado aquellas enormes máquinas, un movimiento brusco del barco lo arrojó del banco en el que estaba parado. Todos gritaban a su alrededor, el vapor se movía sin control, llevado por las furiosas olas que provocaba el rápido avance del acorazado “El Hijo del Trueno” que se lanzaba al rescate de los buques amenazados.

Los marcianos estaban tan dentro del agua que ya no se veían sus pies. El acorazado parecía un digno rival de aquellos monstruos. Mi hermano vio cómo El hijo del Trueno se colocó entre los barcos y los marcianos, disparó sus cañones y destrozó una máquina enemiga. Otro de los extraterrestres se dirigió hacia el acorazado apuntándolo con su rayo, el barco avanzó veloz hacia él y cuando el rayo lo alcanzó, voló en mil pedazos, derribando al impactado marciano que había disparado.

El barco de vapor avanzaba a toda velocidad alejándose del marciano que quedaba en pie. En la cubierta había una sensación encontrada de júbilo y tristeza.

La tierra en poder de los marcianos libro segundo

Escondidos

El vicario y yo nos escondimos en una casa abandonada después de salir de la zanja en la que nos ocultamos. Nos protegimos del humo negro en la buhardilla, el sacerdote me exasperaba con sus quejas recurrentes, me encerré en mi mismo, pensé en mi esposa y no veía la hora de reunirme con ella. El lunes al mediodía, un marciano apareció en la campiña, limpió los restos del humo tóxico con su máquina de vapor. Decidimos ir hacia Sunbury. Avanzamos sin peligro hasta Kew donde nos topamos con los marciano. El vicario y yo nos refugiamos en la seguridad de una zanja. Al anochecer salimos de nuestro escondite y reaunudamos la marcha hasta llegar a la bifurcación de la carretera hacia Mortlake. Ahí nos escondimos en una casa blanca rodeada de un jardín tapiado en donde encontramos comida, nos sentamos a comer en la oscuridad, el sacerdote quería irse cuanto antes y yo le insistí en que debíamos reponer fuerzas con el alimento. No había acabado de hablar cuando vimos una luz verdosa seguida de un estrépito formidable, el cielo raso cayó sobre nosotros y los vidrios de las ventanas saltaron en pedazos. Quedé inconsciente, cuando desperté vi al vicario con la frente cubierta de sangre -no se mueva – me dijo-. El suelo está cubierto de cristales, si se mueve hará ruido y ellos están afuera.

Nos quedamos inmóviles hasta que la claridad de la luz nos permitió ver el desastre ocurrido: la mayor parte de la casa estaba destruida, entre los marcianos y nosotros solo había algunos escombros que cubrían la cocina y el lavadero. Tras una brecha pudimos ver a un marciano resguardando un cilindro. -El quinto cilindro dio contra la casa y la aplastó -dije casi para mis adentros.

Lo que vimos desde las ruinas

No sabíamos que hacer, el movimiento de las máquinas de los marcianos hacía que las ruinas vibraran y se estremecieran. No había manera de escapar porque estábamos rodeados por montañas de tierra y la única salida era pasar al lado del cilindro y los marcianos. Permanecimos escondidos, pero observando a través de la brecha en la pared.

Los marcianos solo tenían una gran cabeza, como de un metro y medio de diámetro, de la que salían dieciseis tentáculos delgados. La cara estaba formada por dos enormes ojos y un pico cartilaginoso. No tenían nariz y su aparato auditivo era una superficie casi transparente detrás de su cabeza.

Solo eran cerebro y tentáculos, carecían de aparato digestivo y de órganos sexuales, no necesitaban dormir y trabajaban 24 horas al día. Se alimentaban de sangre humana: extraían la sangre de un ser viviente y se la inyectaban por medio de una minúscula jeringa.

Los días de encierro

Llegó una segunda máquina y nos refugiamos en el lavadero pues temíamos que el marciano nos pudiera distinguir desde su altura. Permanecimos ocultos, pero la curiosidad nos impulsaba a salir para observar lo que hacían los extraterrestres.

Durante los días de encierro, el vicario comía y bebía en exceso, dormía poco y no entendía que nuestra situación era precaria.

La muerte del vicario

El sacerdote y yo discutimos con frecuencia, me vi en la necesidad de racionarle la comida y él me amenazaba con gritar si no le daba de comer o beber. En el octavo día del encierro, el vicario comenzó a gritar – ¡Que el castigo divino caiga sobre mí y los míos! ¡Desgracia! ¡Maldición!

Le pedí que se callara, pero él no me escuchó y avanzó decidido hacia la puerta de la cocina. Tomé un cuchillo y lo golpeé con el mango, el vicario cayó hacia delante y quedó en el suelo.

Entonces oí un ruido que venía de fuera, la pared se desmoronó y un largo tentáculo avanzó hacia nosotros. Presa de un terror indescriptible me refugié en el fondo del lavadero y permanecí en las sombras rogando no haber sido visto por el marciano.

Escuché como el tentáculo arrastró el cuerpo hacia el exterior, amontoné sobre mi cuerpo todo el carbón y los leños que pude alcanzar. Cerré la puerta y permanecí inmóvil, después de unos momento escuché el ruido de la puerta al abrirse. Un tentáculo rozó el talón de mi bota, tomó un carbón y salió de la carbonera. Permanecí dos días en mi refugio, asustado y hambriento.

El silencio

Salí de la carbonera porque mi boca y garganta estaban secas, me arriesgué a activar la bomba de agua, solo obtuve dos vasos con agua fangosa, pero no me importó y me la tomé. Los marcianos no me habían escuchado. El decimocuarto día vi que brotaba una hierba roja que cubría la abertura del muro, al parecer esa hierba era común en Marte y los marcianos trajeron semillas que esparcieron por nuestra tierra. Todo estaba en silencio, permanecí atento hasta sentir la seguridad de que no había marcianos en la fosa. Salí, no había ninguna máquina, caminé sobre la hierba roja sintiéndome agradecido por respirar aire puro otra vez.

El trabajo de quince días

Al salir de mi encierro contemplé un paisaje fantástico que parecía de otro planeta, me sentí indefenso como un conejo que sale de su madriguera. La Hierba Roja crecía con una rapidez inaudita, el agua de los ríos la alimentaba y sus raíces obstruyeron el curso de los ríos que se desbordaron y cubrieron pueblos enteros con una pantanosa agua roja.

Lo primero que hice fue calmar la sed y me arriesgué a comer algunos trozos de hierba roja, tenía un sabor metálico, descansé en los arbustos y no me topé con ninguna persona.

Temí que la humanidad hubiera sido devastada y que yo era el único sobreviviente en la Tierra.

El hombre de Putney Hill

Pasé la noche en el mesón de la cuesta de Putney, dormí de nuevo en una cama y comí unos panecillos duros que encontré en el desayunador. Pensaba en el vicario, en los marcianos y en mi esposa. No me sentía culpable, pero sí deprimido por la muerte de ese hombre al que no pude entender. Al día siguiente continúe con mi idea de ir hacia Leatherhead, quería encontrar a mi esposa aunque las probabilidades de que estuviera ahí eran muy bajas.

Llegué al parque de Winbledom, las praderas se extendían ante mis ojos. Tuve la sensación de que alguien me observaba, me volví bruscamente y vi a un hombre armado con un cuchillo. Me acerqué con cautela, sus ropas estaban desgarradas y sucias como las mías.

-¡Alto! – gritó cuando estuve a diez metros de él – ¿de dónde viene?

  • De Mortlake – dije -. Voy hacia Leatherhead para encontrar a mi esposa.

  • ¿Usted vivía en Woking?

  • ¡Usted es el artillero que se ocultó en mi jardín!

Nos resguardamos bajo unos arbustos y me puso al tanto de los acontecimientos: no veía a ningún marciano desde hacía cinco días, creía que todos estaban en Londres, él encontró provisiones y pensaba ocultarse y formar una colonia de humanos que sobreviviría escondida de los marcianos hasta que llegara el momento oportuno de darles guerra con sus propias armas. Me entusiasmé con su plan y trabajé con él hombro a hombro durante algunas horas cavando un túnel que nos protegería de los marcianos. Comí y bebí en exceso, jugamos naipes y tres partidas de ajedrez. En la noche tomé un cigarro y subí a la azotea para ver hacia Londres, una claridad de pálido violeta purpúreo cubría las cercanías. Supuse que se debía a la Hierba Roja. Ver ese espectáculo me regresó la cordura, abandoné al artillero soñador y me fui hacia la ciudad.

Londres muerta

En el centro de Londres oí un aullido lejano, era un sonido sobrehumano y no pude evitar caminar hacia él para descubrir qué ser producía ese lamento. Después de un largo camino me encontré con la máquina marciana, inmóvil y aullante. Antes de llegar al jardín zoológico encontré dos máquinas marcianas más completamente destruidas. Tropecé con varios perros hambrientos que huían al verme. Llegué a una colina, que había servido como refugio a los marcianos durante los primeros días de guerra, vi las máquinas detenidas y a una docena de marcianos alineados ¡todos muertos!

Los escombros

No recuerdo lo que sucedió después, al parecer deambulé por varios días repitiendo -¡el último hombre con vida!- una familia me salvó de mi mismo y me dio asilo hasta que me recuperé.

El mundo ya sabía sobre el fin de los marcianos, los países enviaban ayuda a Inglaterra en donde todos trabajaban en la reconstrucción de la ciudad.

La familia que me cuidó me informó que el pueblo de Leatherhead había sido aniquilado por un marciano, decidí ir a mi casa pues imaginé que si mi esposa había logrado escapar de la destrucción me esperaría ahí. Llegué a Woking, la hierba roja aún cubría una gran parte de la campiña, un vecino me saludó llamándome por mi nombre cuando pasé junto a él.

Con leve esperanza miré hacia mi casa: la puerta se cerró de golpe por una ráfaga de aire, las cortinas de la ventana de mi escritorio se movían, entré al vestíbulo y comprobé que la casa estaba desierta. El eco de mis pasos se escuchó en los pasillos vacíos, todo estaba como yo lo había dejado. Entonces comprendí toda la fragilidad de la esperanza que acaricié por tanto tiempo. Algo sucedió en ese momento.

  • Es inútil -decía la voz que escuché, sorprendido -; la casa está vacía desde hace más de diez días. No debes atormentarte así. Eres la única sobreviviente.

Me asomé por la ventana y vi a mi primo y a mi esposa, al verme emitió un grito ahogado -Vine… -dijo-. Sabía… Sabía que…

Fui hacia ella rápidamente y la tomé entre mis brazos.

Epílogo

En los cadáveres marcianos se encontraron bacilos terrestres, seres diminutos generadores de enfermedades, contra los que carecían de defensas. Al parecer los marcianos ignoraban los peligros de la putrefacción y al perpetrar matanzas con absoluta indiferencia sin enterrar a los cadáveres, aceleraron su propia destrucción. Los marcianos habían derrotado a los hombres, pero fueron vencidos por los microbios terrestres.

No se conoce la composición del Humo Negro y no se sabe cómo funciona el Rayo Ardiente. Se hicieron investigaciones que terminaron en catástrofes y los expertos no se animan a continuar con los estudios. Los astrónomos observaron que sobre el hemisferio oscuro de Venus surgió un trazo sinuoso y luminoso, y casi al mismo tiempo un rasgo débil y opaco, de sinuosidad parecida, rastreada en una fotografía de Marte… no se sabe si los marcianos, al ver que no podían conquistar la tierra, decidieron enfilar sus naves hacia Venus.

Ahora sabemos que no estamos solos en el Universo.

Escribo estas líneas a la luz de la lámpara, veo el valle ante mi ventana y recuerdo como ardía durante la guerra, por la noche veo el Humo Negro y los cadáveres deformes.

Y lo más extraño es tomar de nuevo la pequeña mano de mi esposa entre las mías, y pensar inquieto en ese tiempo en que ambos creímos que no volveríamos a vernos.

Fin

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